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Editado hace 3 horas, 51 minutos
El dilema del libre albedrío
Por Fernando Cañavate publicado hace 4 horas, 13 minutosEditado hace 3 horas, 51 minutos
Muchas veces he reflexionado sobre el concepto de libre albedrío.
En un mundo en el que la libertad se considera uno de los derechos fundamentales del ser humano, quizá deberíamos ponernos de acuerdo sobre qué significa realmente ser libres.
La libertad externa la entendemos con relativa facilidad: una persona es libre cuando nadie le impone más restricciones que las imprescindibles para no limitar la libertad de los demás.
Pero creo que las limitaciones que más condicionan nuestra vida no vienen de fuera. Muchas veces vienen de dentro.
Una adicción, por ejemplo, puede limitar más a quien la sufre que cualquier imposición externa. La ansiedad, la dispersión, el miedo o la incapacidad de sostener una decisión también pueden convertirse en auténticas cárceles interiores.
¿Cuántas veces hemos querido hacer algo y no lo hemos hecho?
¿Cuántas veces hemos sabido perfectamente qué nos convenía, pero no hemos sido capaces de actuar en consecuencia?
¿Cuántas veces no ha sido el mundo quien nos ha impedido avanzar, sino nuestra propia falta de voluntad, energía o claridad?
Aquí surge el verdadero dilema.
¿El libre albedrío consiste en hacer en cada momento lo que nos apetece?
¿O consiste más bien en ser capaces de hacer aquello que, en un nivel más profundo, realmente queremos hacer?
Porque quizá no somos más libres cuando obedecemos cada impulso inmediato, sino cuando somos capaces de actuar conforme a nuestros deseos más altos: cuidar nuestra salud, terminar un proyecto, construir una empresa, aprender algo difícil, mejorar una relación o convertirnos en la persona que queremos ser.
Quizá el libre albedrío no sea algo que pueda demostrarse.
Quizá sea algo que se experimenta cuando, por fin, sentimos que somos capaces de hacer lo que de verdad queríamos hacer.
En Conquerors Club entendemos así el libre albedrío: como la capacidad de construir, día a día, una vida guiada por propósito, intención y acciones que te hacen crecer y sentirte libre.
En un mundo en el que la libertad se considera uno de los derechos fundamentales del ser humano, quizá deberíamos ponernos de acuerdo sobre qué significa realmente ser libres.
La libertad externa la entendemos con relativa facilidad: una persona es libre cuando nadie le impone más restricciones que las imprescindibles para no limitar la libertad de los demás.
Pero creo que las limitaciones que más condicionan nuestra vida no vienen de fuera. Muchas veces vienen de dentro.
Una adicción, por ejemplo, puede limitar más a quien la sufre que cualquier imposición externa. La ansiedad, la dispersión, el miedo o la incapacidad de sostener una decisión también pueden convertirse en auténticas cárceles interiores.
¿Cuántas veces hemos querido hacer algo y no lo hemos hecho?
¿Cuántas veces hemos sabido perfectamente qué nos convenía, pero no hemos sido capaces de actuar en consecuencia?
¿Cuántas veces no ha sido el mundo quien nos ha impedido avanzar, sino nuestra propia falta de voluntad, energía o claridad?
Aquí surge el verdadero dilema.
¿El libre albedrío consiste en hacer en cada momento lo que nos apetece?
¿O consiste más bien en ser capaces de hacer aquello que, en un nivel más profundo, realmente queremos hacer?
Porque quizá no somos más libres cuando obedecemos cada impulso inmediato, sino cuando somos capaces de actuar conforme a nuestros deseos más altos: cuidar nuestra salud, terminar un proyecto, construir una empresa, aprender algo difícil, mejorar una relación o convertirnos en la persona que queremos ser.
Quizá el libre albedrío no sea algo que pueda demostrarse.
Quizá sea algo que se experimenta cuando, por fin, sentimos que somos capaces de hacer lo que de verdad queríamos hacer.
En Conquerors Club entendemos así el libre albedrío: como la capacidad de construir, día a día, una vida guiada por propósito, intención y acciones que te hacen crecer y sentirte libre.
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